Ensayo sobre la tridimensionalidad

Ensayo sobre la tridimensionalidad

Ensayo sobre la tridimensionalidad

Francisco de Jesús Saavedra Hernández

Cuando por primera vez nos enteramos sobre la pandemia, parecia algo sumamente lejano. Por supuesto, no pasó mucho tiempo antes de que este mal de oriente nos alcanzara y nos pusiera en confinamiento, un confinamiento que al principio pintaba para durar un par de semanas, tal vez un par de meses como mucho; por lo cual, nos propusimos poner una pausa a nuestras actividades. Esa pausa comenzó a prolongarse y los días se volvieron semanas y las semanas meses. Muy pronto la única certeza que nos quedaba era la de la incertidumbre.

A nuestros pacientes, como muchas veces a nuestros otros seres queridos, nos dirigimos con frases como “Vamos a intentar migrar a un sistema “online” hasta que pase el peligro y podamos volver a vernos presencialemente” lo cual, muchos rechazaron y muchos otros aceptaron gustosos con el fin de preservar _____ Este espacio en blanco es justo lo que me acontece hoy en día y es precisiamente lo que me mueve a escribir este ensayo, pues es una interrogante que no he podido solucionar.

He preguntado a colegas, maestros, amigos (analistas y no analistas), a mi propio analista y sobre todo a mis pacientes y a mí mismo; y la pregunta es siempre la misma ¿Qué es eso que se intentó preservar? Y ¿Qué es eso que se perdió? Esas dos preguntas no he podido responderlas desde que la cuarentena comenzó y tuvimos que confinarnos a la seguridad de nuestros hogares.

En esta búsqueda que emprendí por ese significante faltante me he topado con un sinfín de explicaciones de toda índole: “Es la experiencia de moverse de un lugar a otro, el subir al auto, escuchar tu música, el espacio etc.” “Es el cuerpo físico, el calor, el olor, lo visual” “Es la rutina lo que se ha perdido” Son sólo algunas de las respuestas que he recibido pero ninguna parece satisfacerme del todo. Es decir, todas parecen factibles y por su puesto no desvalorizo sus basamientos teóricos pero en esta migración de lo bidimensional a lo tridimensional parece que algo se ha perdido y eso es por supuesto un concenso universal. Todos parecemos saber que algo no es igual pero ¿Qué es eso desigual?

Propongo algunas ideas de lo que está en juego en este pasaje, por supuesto, no están acabadas y  deberán servir como punto de partida para la investigación ulterior. Creo que únicamente la experiencia en el consultorio y la psicopatología de la vida cotidiana nos arrojarán luz sobre estas cuestiones:

  1. La confianza en el vínculo
  2. El miedo a la muerte
  3. La posición analítica
  4. Las construcciones sociales
  5. La pérdida de la esperanza

Comenzaré desarrollando la primera que me parece la más compleja. El espacio físico; es decir, el consultorio como lugar palpable en donde ocurren una serie de fenómenos que nos permiten a travesar por la experiencia, remite por supuesto al hogar, como diría Winnicott es “nuestro punto de partida” (Winnicott, 1994) y en términos más kleinianos representa el vientre materno que se encuentra lleno de las más interminables delicias y es en sí la promesa del paraiso perdido (Klein, 1988 [1952]). Me parece que la idea de que ese otro se encuentre ahí sobre su sillón leyendo algún artículo o simplemente revisando los mensajes en el celular evoca la sensación profunda de ser esperado,  alguien que te tiene en mente pero que también te provee de un lugar físico que contenga, es decir un espacio físico y uno mental (Bion, 1977). Ahora esto podría parecer como una explicación suficientemente satisfactoria pero nos topamos con el cuestionamiento de que de ser así ¿Por qué no nuestra misma casa, la casa de nuestros padres o donde quiera que se habite nos remite a lo mismo? ¿No sería incluso más acogedor poder comunicarnos desde la seguridad de nuestro hogar? Y entonces entramos en el tema de la desconfianza.

Mi analista me recibe desde su casa, desde su consultorio pero ¿En realidad él/ella está ahí o es que acaso me enfrento con una especie de charada en donde sólo hace como que me escucha? Así mismo, no se puede comprobar que el espacio virtual sea suficiente, pues colocamos en el paciente la responsabilidad que nos tocaría a nosotros como analistas,  la privacidad. El paciente tendrá que confiar en nosotros y nosotros en él y deberá ser una confianza que se pondrá en juego absolutamente por lo que nos encontramos con que los pacientes que llevan más tiempo en análisis y con quien se ha logrado hacer un vínculo sólido y estable son los que más accedieron a abrirnos las puertas virtuales de su casa. Paradógico pues en teoría tendríamos ya las de su inconsciente entre abiertas.

Esto por supuesto nos remite al tema de lo bidimensional tal y como lo planteó Meltzer donde no hay un espacio tridimensional construido en la mente del sujeto que sea capaz de contener las angustias y que más bien lo que se necesita es el contacto, es decir la voz, la presencia del analista en carne y hueso y esto hace surgir otra pregunta más que no pretendo contestar. Habría que aclarar aquí que no me refiero a los pacientes autistas, más bien creo que ese modelo de funcionamiento se repite ahora no desde adentro sino que es el ambiente el que se torna así ¿Por qué la pantalla es insuficiente? Si mi voz, mi presencia, mis gestos etc están presentes ¿Qué es lo perdido? (Meltzer, 1982).

En segundo lugar tenemos el miedo a la muerte, que es por supuesto algo que nos atraviesa a todos de manera cotidiana pero que como dijo Freud “Nuestro inconsciente no cree en la muerte propia, se conduce como si fuera inmortal” (Freud, 1915, p. 297). Por supuesto que cualquiera que esté atendiendo pacientes durante esta cuarentena se ha dado cuenta que las fantasías son diversas y que no solamente revuelven alrededor del virus sino que en realidad ese es una parte más del combustible que nos permite soñar, imaginar, angustiarnos etc. Pero también es cierto que al ser una cuestión traumática que nos pone de cara con nuestra propia mortalidad nuestra mente se ocupa en ello. Es bien cierto que los pacientes se encuentran soñando más y eso a mi entender se debe a que los canales por los cuales se liberaba angustia de manera cotidiana se han visto ya sea afectados al punto de dejarlos por completo inaccesibles o por lo menos si se han visto disminuidos en capacidad y eficacia, paradogicamente esto nos lleva al mismo cuestionamiento ¿Por qué? ¿Por qué es menos eficiente una clase en linea? ¿Por qué no se siente igual el análisis o la supervisión en estas condiciones?

¿Será que ante la angustia de la posibilidad de morir el aparato psíquico está más centrado en sobrevivir que en cumplir el deseo? Me parece factible pero no conclusivo. Sobre la posición del analista me gustaría dedicar un trabajo entero pero expondré algunas de mis ideas en este texto. Me parece que el superyó analítico es un mal grave de no sólo nuestro tiempos, sino un problema histórico. Por supuesto que los analistas en épocas de Lacan, por decir alguna, tenían que cuidarse por los “espías” que buscaban desacreditarlo y que lo mismo sucede en cualquier escuela “Esto no se dice porque eso dicen los kleinianos, esto no se hace por que eso es de lo winnicottianos” y un largo etc. Ahora bien me pregunto sino este cansancio, esta sensación de fatiga, de no parálisis, de poca movilidad o como quiera usted llamarlo es producto de un intento consciente e inconsciente de mantener nuestra figura analítica cueste lo que cueste. Es decir, que el analista está en un intento perpetuo de

mantener el encuadre, la privacidad y en general todo lo que se ha hablado hasta ahora de forma casi omnipotnente; pues, como es el tema de este ensayo, es algo insostenible, es decir, que buscamos trabajar como trabajaríamos normalemente sin las condiciones necesarias para poder hacerlo y es esa misma exigencia la que nos lleva a tener la sensación perpetua de que algo está mal. Claro eso remitiendonos al conflicto con nuestro padre Freud en un intento por mantener una neutralidad y abstinencia que es verdaderamente insostenible y que por spuesto la pandemia ha dejado entrever que nuestro dispositivo analítico está desactualizado en términos de que nos es díficil enfrentar una crisis de este tamaño. Habría que cambiar la pregunta que no nos hemos podido responder  ¿Qué es eso que hay que cambiar? (1986, Etchegoyen).

En referente a la convenciones sociales nos hemos topado con infinidad de casos en donde los pacientes no tienen un lugar seguro para hablar, pues el tema del vínculo se ve en juego, no sólo con nosotros sino con los seres queridos.  Sabemos que en análisis es donde se nos permite odiarlos abiertamente pero estando en un mismo lugar con ellos llega la sensación de que puede haber un intruso ahí. Podemos comprobarlo en el análisis con niños pues está el caso clásico de la madre que creemos que se ha ido respetando el encuadre de la sesión de su hijo pero al finalizar nos topamos con que ella está espiando lo que dice el niño y termina saboteando el proceso entero. Esto por supuesto podría ser real o imaginario, en realidad no importa. Lo que sucede aquí es que muchos no tienen los recursos como para poder analizarse como el método lo requiere. Hay un mito que dice que el análisis es para los ricos y ahora nos damos cuenta que de mítico no tiene mucho. Finalmente presento aquí mi última hipotesis: La pérdida de la esperanza. Con esto me refiero a que la pandemia y el encierro parecen no tener fin también pone al Yo en una situación complicada en donde parece que el tiempo es circular. En las redes sociales podemos encontrar una serie de memes que hablan sobre la pérdida de la noción del tiempo “Ya no sé si hoy es 11 de julio, martes, 1993 o introducción del narcisismo”. Es decir, para que uno pueda sobrevivir uno debe de estar seguro de que el caos no va a devorarlo. Esto nos remite a pensar que existe en el fondo una «falta básica» en términos de Balint (1993) pues se difumina la sensación de que el

vínculo perdura y que el otro está vivo, algo que muchos dábamos por hecho ¿Será que nos enfrentamos a un caso masivo de terror al derrumbe? Es una pregunta que parece que por el momento no podemos responder (Winnicott, 1999 [1945]). Lo único que queda claro es que el pasaje de la tridimensionalidad a la bidimensionalidad ha puesto de manifiesto algo que ya sabíamos desde hace tiempo pero que parece que nos hemos estado encargando de no mirar y es que, tanto nuestro vínculos como nuestra confianza, penden de un hilo. Habrá que llevar el futuro del psicoanálisis en la búsqueda de una forma de investigar este fenómeno y comprenderlo cabalmente pero me temo que nuestra comprensión actual es insuficiente para comprender las crisis de nuestra época.

A pesar de ello me atrevo a dar una conclusión que espero que deje más dudas que respuestas y a la cual he llegado gracias a asociaciones de mis pacientes y a la enorme contribución a este trabajo por parte de amigos, colegas y maestros. No puedo evitar pensar que esta pandemia resultó llegar de golpe, sin aviso previo. Muchos de nosotros teníamos planes de graduarnos, casarnos, viajar etc. Los cuales tuvieron que ser cancelados de golpe. Al pensar en estos términos no puedo evitar recordar a aquel que ha sido una de mis más grandes inspiraciones para la clínica y la vida en los últimos años Donald Winnicott. Me parece que esta pandemia y la cuarentena que provocó no sólo nos ha hecho peligrosos para otros y a los otros peligrosos para nosotros mismos, sino que ha surgió como una irrupción ambiental sobre nuestra continuidad experiencial que ha tocado con un aspecto primitivo de nuestro desarrollo llevándonos a un momento en donde estábamos completamente a merced del mundo externo y de su bondad o su crueldad (Winnicott, 1999 [1945]). Habrá que llevar el futuro del psicoanálisis en la búsqueda de una forma de investigar este fenómeno y comprenderlo cabalmente pero me temo que nuestra comprensión actual es insuficiente para comprender las crisis de nuestra época.Lo único que queda claro es que el pasaje de la tridimensionalidad a la bidimensionalidad ha puesto de manifiesto algo que ya sabíamos desde hace tiempo pero que parece que nos hemos estado encargando de no mirar y es que nuestra

existencia, nuestro vínculos, nuestra experiencia y nuestra humanidad son mucho más frágiles de lo que hubiéramos imaginado y paradogicamente, mucho más sólidos y estables de lo que hubiéramos creído.

REFERENCIAS

Balint, M. (1993) La falta básica: aspectos terapéuticos de la regresión. Barcelona: Paidós.

Bion, W. R. (1977) Volviendo a pensar. Quinta edición. España: Lumen-Hormé.

Etchegoyen, R. H. (1986) Los fundamentos de la técnica psicoanalítica. Tercera edición. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1915) De guerra y muerte. Temas de actualidad. En Obras Completas Sigmund Freud. Tomo XIV. Segunda edición. Buenos Aires: Amorrortu.

Klein, M. (1988 [1952]) Algunas conclusiones teóricas de la vida emocional del bebé. En Obras Completas Melanie Klein. 3 Envidia y Gratitud y otros trabajos. Primera edición. México: Paidós.

Meltzer, D., et al. (1982) Exploraciones del autismo. Buenos Aires: Paidós.

Winnicott, D.W. (1994) El hogar nuesto punto de partida: Ensayos de un psicoanalista. España: Paidós Ibérica.

Winnicott, D.W. (1999 [1945]) Desarrollo emocional primitivo. Escritos de pediatría y psicoanálisis. Barcelona: Paidós Psicología Profunda.

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